Los que habían
trabajado con él en los naranjales hicieron una colecta y con los
pocos centavos que podían dar reunieron lo suficiente para pagarnos
el pasaje en el tren. Después del entierro, mi mamá
empacó en dos bultos los escasos bienes que teníamos y fuimos
a Los Ángeles. Fue un cambio decisivo en nuestras vidas, más
aún, porque íbamos solos, sin mi papá. Mientras
el tren ganaba velocidad, soplé un adiós final a los naranjales.
El primo de mi papá
nos ayudó y mi mamá consiguió trabajo cosiendo en
una fábrica de overoles. Yo empecé a vender periódicos
después de la escuela. Hubiera dejado de ir del todo a la
escuela para poder trabajar más horas, pero mi mamá insistió
en que terminara la secundaria.
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