Como
a las diez de la mañana me llamaron para que fuera a mi casa.
Estaba agradecido por la oportunidad de salir de la clase, pero tenía
una sensación rara en el estómago y me bañaba un sudor
helado mientras corría. Cuando llegué jadeante estaban varias
vecinas en la casa y mi mamá lloraba sin cesar.
--Se mató, se mató--gritaba
entre sollozos. Me arrimé a ella mientras el cuarto y las caras
de la gente daban vueltas alrededor de mí. Ella me agarró
como un náufrago a una madera, pero siguió llorando.
Allí estaba el cuerpo
quebrado de mi papá. Tenía la cara morada y coágulos
de sangre en el pelo. No podía creer que ese hombre tan fuerte
y alegre estuviera muerto. Por cuenta, había tratado de cruzar
de un vagón a otro por los techos y, a causa de la neblina no pudo
ver bien el paraje. O tal vez por la humedad se deslizó.
La cosa es que se cayó poco después de haberse subido.
Un vecino que iba al trabajo lo encontró al lado de la vía,
ya muerto.
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