La mañana que
se fue hubo mucha neblina. Nos dijo que no fuéramos a despedirle
al tren para no atraer la atención. Metió un pedazo
de pan en la camisa y se puso un gorro. Después de besarnos
a mi mamá y a mí, se fue caminando rápidamente y desapareció
en la neblina.
Mi mamá y yo nos quedamos
sentados juntos en la oscuridad, temblando del frío y de los nervios,
y tensos por el esfuerzo de escuchar el primer silbido del tren.
Cuando al fin oímos que el tren salía, mi mamá dijo:--Bueno,
ya se fue. Que vaya con Dios--.
No pudimos volver a dormir.
Por primera vez me alisté temprano para ir a la escuela.
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