burial
knapsacks
few
belongings
blew
a goodbye kiss
overall factory
would
have quit going entirely
the constant flow of people
retired
rocking chair
days gone by
stretching out his arms
Los que habían trabajado
con él en los naranjales hicieron una colecta
y con los pocos centavos que podían
dar reunieron lo suficiente para
pagarnos el pasaje en el tren. Después del
entierro,
mi mamá empacó en dos bultos
los escasos
bienes que teníamos y fuimos a
Los Ángeles. Fue un cambio decisivo en
nuestras vidas, más aún, porque íbamos solos, sin
mi papá. Mientras el tren ganaba velocidad, soplé
un adiós final a los naranjales.
El
primo de mi papá nos ayudó y mi mamá consiguió
trabajo cosiendo en una
fábrica de overoles.
Yo empecé a
vender
periódicos después
de la escuela. Hubiera
dejado de ir del todo a la escuela
para poder trabajar más horas, pero mi mamá insistió
en que terminara la secundaria.
Eso pasó hace muchos
años. Los
naranjales de mi niñez han desaparecido. En el lugar donde
alzaban sus ramas perfumadas hay casas, calles, tiendas y el
constante vaivén de la ciudad.
Mi mamá se
jubilo con una pensión pequeña, y yo trabajo en
una oficina del estado. Ya tengo familia y gano lo suficiente para
mantenerla. Tenemos
muebles en vez de cajas, y mi mamá tiene una mecedora
donde sentarse a descansar. Ya ni existen aquellas cajas de madera,
y las etiquetas que las adornaban se coleccionan ahora como una novedad.
Pero cuando veo las pirámides
de naranjas en el mercado, hay veces que veo esas cajas de antaño
y detrás de ellas está mi
papá, sudando y sonriendo, estirándome
los brazos para
subirme a sus hombros.
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