sweat
sticks
out his chest and pulls his shoulders back
strong
rigid
used
to
she
prayed
En los veranos acompañaba a mi papá
a trabajar en los naranjales. Eso me parecía más interesante
que ir a la escuela. Ganaba
quince centavos por cada caja que llenaba. Iba con una enorme bolsa
de lona colgada de una banda ancha para tener las manos libres, y subía
por una escalerilla angosta y tan alta que podía imaginarme pájaro.
Todos usábamos sombreros de paja de ala ancha para protegernos del
sol, y llevábamos un pañuelo para limpiar el sudor
que salía como rocío salado en al frente. Al cortar
las naranjas se llenaba el aire del olor punzante del zumo porque había
que cortarlas justo a la fruta sin dejar tallo. Una vez nos tomaron
una foto al
lado de las naranjas recogidas. Eso fue un gran evento para mí.
Me puse al lado de mi papá, inflándome
los pulmones y echando los hombros para atrás, con la esperanza
de aparecer tan recio
como él, y le di una sonrisa tiesa
a la cámara. Al regresar del trabajo, mi papá solía
sentarme sobre sus hombros, y así caminaba a la casa riéndose
y cantando.
Mi
mamá era delicada. Llegaba a casa
de la empacadora, cansada y pálida
a preparar las tortillas y recalentar los frijoles; y todas las
noches, recogiéndose en un abrigo de fe,
rezaba
el rosario ante un cuadro de la Virgen
de Zapopán.
Yo tenía ocho años
cuando nació mi hermana Ermenegilda. Pero ella sólo
vivió año y medio.
Dicen que se enfermó por una leche mala que le dieron cuando le
quitaron el pecho. Yo no sé, pero me acuerdo que estuvo enferma
un día nada más, y al día siguiente se murió.

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