Nuestras vidas hubieran seguido de la misma forma de siempre, pero vino
un golpe inesperado. El dueño de la compañía
vendió parte de los terrenos para un reparto de casas, y por
eso pensaba despedir a varios empleados. Todas las familias que habíamos
vivido de las naranjas sufríamos, pero no había remedio.
Mi mamá rezaba más y se puso más pálida, y
mi papá dejó de cantar. Caminaba cabizbajo y no me
subía a los hombros.
--Ay, si fuera carpintero
podría conseguir trabajo en la construcción de esas casa--decía.
Al fin se decidió ir a Los Ángeles donde tenía un
primo, para ver si conseguía trabajo. Mi mamá sabía
coser y tal vez ella podría trabajar en una fábrica.
Como no había dinero para comprarle un pasaje en el tren, mi papá
decidió meterse a escondidas en el tren de la madrugada.
Una vez en Los Ángeles, seguramente conseguiría un empleo
bien pagado. Entonces nos mandaría el pasaje para trasladarnos.
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