Eso pasó hace muchos años. Los
naranjales de mi niñez han desaparecido. En el lugar donde
alzaban sus ramas perfumadas hay casas, calles, tiendas y el constante
vaivén de la ciudad. Mi mamá se jubiló
con una pensión pequeña, y yo trabajo en una oficina del
estado. Ya tengo familia y gano lo suficiente para mantenerla.
Tenemos muebles en vez de cajas, y mi mamá tiene una mecedora donde
sentarse a descansar. Ya ni existen aquellas cajas de madera, y las
etiquetas que las adornaban se coleccionan ahora como una novedad.
Pero cuando veo las pirámides
de naranjas en el mercado, hay veces que veo esas cajas de antaño
y detrás de ellas está mi papá, sudando y sonriendo,
estirándome los brazos para subirme a sus hombros.
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